El Rincón
El humor es lo último que se pierde


viernes, abril 25, 2003  

Francamente muy instructivo, para delimitar objetivos...

Había una vez, en un pueblo dos hombres que se llamaban Joaquín González. Uno era sacerdote y el otro era taxista. Ambos entregan su alma el mismo día, y llegan a las Puertas del Cielo, donde los espera San Pedro.

- ¿Tu nombre? -pregunta San Pedro al primero.

- Joaquín González.

- ¿El sacerdote?

- No, no, el taxista.

San Pedro consulta su listado y le contesta:

- Bueno, veo te has ganado bien el paraíso. Te corresponde esta túnica con hilo de oro y este cetro de platino y rubíes. Puedes ingresar. Pasa arriba, al piso superior.

- Gracias, gracias... -dice el taxista.

Pasan dos o tres personas más, hasta que le toca el turno al otro.

- ¿Tu nombre?

- Joaquín González.

- Sí, claro, ¿el sacerdote?

- Sí.

- Bien, hijo, te felicito porque has ganado el paraíso. Aquí tienes esta bata de blanco refulgente y esta vara de sauce. Y tu puesto está allí en el cuarto estrado.

El sacerdote entonces repone:

- Perdón, no es por desmerecer ni dar problemas, pero... debe haber un error; ¡yo soy Joaquín González, el sacerdote!

- Sí, hijo mío, te has ganado el paraíso, te corresponde la bata de blanco refulgente...

- ¡Pero que no, no puede ser! Mire, la verdad es que debe haber un error con otra persona. De hecho yo conozco a otro señor con mi mismo nombre, que vivía en mi pueblo y era taxista, ¡un auténtico desastre como taxista! Se subía a las veredas, tenía choques diarios, varias veces se estrelló contra una casa, conducía de pena, no dejaba un poste de alumbrado sano, se llevaba todo por delante... Y yo me pasé sesenta y cinco años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia, ¿cómo puede ser que a él le den la túnica de hilo de oro y el cetro de platino y a mi esto? ¡Debe haber un error!

- No, no es ningún error -dice San Pedro-. Lo que pasa es que aquí, en el cielo, hemos implantado un sistema de evaluaciones como las que hacen en la vida terrenal.

- ¿Cómo? No entiendo.

- Claro... ahora nos manejamos por objetivos y resultados... Mira, te voy a explicar tu propio caso y lo entenderás enseguida: durante los últimos veinticinco años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que montaba en el taxi de tu convecino, se ponía a rezar desesperadamente. Incuso más de uno después de hacer algún trayecto particularmente azaroso, corrió a confesarse. En definitiva, ¡¡resultados!!; ¿entiendes ahora?

posted by Alberto | viernes, abril 25, 2003 |
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